La memoria tiene una textura particular cuando uno empieza a desconfiar de ella. Ya no es suave ni fluida. Se vuelve granulosa, llena de bordes que rascan.
Ariadna lo descubrió esa tarde mientras miraba el techo de su habitación con los brazos cruzados sobre el pecho, como si se abrazara a sí misma o como si se sujetara para no dispersarse. Había algo que Damien había dicho en la sesión, una pregunta que no era del todo una pregunta, y que seguía resonando en algún lugar detrás del esternón: *¿