La sesión comenzó sin que ninguno de los dos dijera que era diferente.
Damien no había preparado ejercicios. No había abierto el manual. El cuaderno de registro estaba cerrado sobre el escritorio, y él lo había dejado así a propósito, con esa clase de deliberación que uno no siempre es capaz de nombrar en el momento pero que después reconoce como una decisión. Ariadna llegó a la hora exacta, se sentó en el lugar de siempre, y durante los primeros minutos ninguno de los dos habló. No era el sile