La sesión veinticuatro comenzó de manera ordinaria, lo cual, en retrospectiva, debió haberlo alertado.
Ariadna llegó puntual —algo inusual en ella— y se sentó sin quitarse el abrigo. Damien lo notó pero no lo dijo. Había aprendido que ciertas cosas funcionaban como armadura, y que señalar la armadura era lo mismo que pedirle que se desnudara en el umbral. En cambio, esperó. Tomó su libreta. Cruzó una pierna sobre la otra con la calma deliberada que había cultivado durante años, esa especie de q