Dayana sonrió con malicia. No tenía pruebas, pero tampoco las necesitaba.
En su mente ya había armado la historia perfecta: Lucía era hija de Rafael.
Y si Lía no se alejaba de Jorge, ella misma se encargaría de divulgar esa supuesta verdad.
Con ese solo rumor destruiría tres vidas: la reputación de Lía, la imagen intachable de la universidad por permitir escándalos semejantes, y el orgullo de Betty Cancino, la consentida que siempre se creyó una reina.
Porque, al fin y al cabo, detrás de su