—Deberías irte —le dijo ella con voz firme, sin una pizca de emoción—. Te has convertido en una vergüenza para todos.
Nicolás se limitó a soltar una risa amarga.
—Esta es mi casa, Betty. Mi patrimonio. Todo lo que tienes lo construí yo. Nadie me va a echar de lo que me pertenece.
Sus palabras resonaron en el salón como un eco arrogante. Pero la verdad era que se sentía derrotado. Las miradas de su familia lo atravesaban como cuchillos; ya no quedaba respeto ni amor, solo rencor y miedo.
Esa mis