Capítulo 50: El Diploma de la Discordia.
El silencio pesó más que el insulto. Lía sintió una punzada en el pecho, pero no respondió. Caminó hasta la habitación, donde Lucía dormía tranquila, ajena al caos que se desataba afuera. Se recostó a su lado, la abrazó con ternura y cerró los ojos.
—Te lo prometo, mi amor… —susurró entre lágrimas—. No volveremos a pasar hambre. Nadie nos volverá a humillar.
Y así, abrazada a su hija, se quedó dormida, sin saber que al amanecer empezaría la etapa más difícil —y también más decisiva— de su vida.