Se encontraron en una pequeña cafetería, lejos del bullicio, y por un instante parecieron las mismas muchachas de secundaria. Se abrazaron fuerte, con esa emoción que solo guardan las amistades que sobreviven a los años.
—¡No lo puedo creer! —dijo Camila, con una sonrisa sincera, observando a sus antiguas compañeras—. Han pasado tantos años…
—Demasiados —respondió Verónica, riendo mientras servían el café.
Lía llegó con Lucía en brazos, tímida, como si cargara no solo a su hija, sino también la