Daniela admiró Roma, y cómo los envolvía en una magia serena, como si la ciudad supiera que ella y los niños necesitaban respirar algo distinto, algo nuevo. El viaje fue tranquilo, y al llegar, Daniela sintió que el aire le llenaba los pulmones con una ligereza que no sentía desde hacía mucho.
El llanto y la tristeza habían quedado cerrados por un momento, o al menos por ahora.
La casa donde se hospedaron no parecía una casa, sino una joya arquitectónica. Rodeada de cipreses, con una fuente de