Bruno no sabía cómo había llegado a su cama. Las horas después de hablar con su abuelo eran borrosas, diluidas entre la rabia muda y el nudo permanente en la garganta. Pero ahí estaba con el cuerpo aún rígido de emociones no liberadas, y con Melissa dormida a su lado, envuelta entre las sábanas como un suspiro que él no merecía.
Se recostó sin hacer ruido, con el brazo extendido sobre la almohada, sin tocarla, solo con la mirada en ella.
La habitación estaba en penumbras. Solo el resplandor ten