Bruno no se movió durante varios segundos. La habitación se volvió una prisión silenciosa, donde ni el fuego en la chimenea parecía atreverse a crujir. El vaso de whisky aún temblaba entre sus dedos, pero fue su voz la que se rompió primero.
—¿Qué dijiste? —murmuró, dando un paso hacia su abuelo.
Lorenzo no lo miró al principio. Su vista estaba fija en la llama que se alargaba y retorcía en el hogar. Solo cuando Bruno repitió, más fuerte, esta vez, giró el rostro.
—Tengo cáncer, Bruno. Desde ha