Daniela marcaba el número de Víctor una y otra vez, pero él no contestaba. La preocupación le revolvía el estómago. No era solo que los niños no estuvieran con ella, era el hecho de no saber dónde estaban exactamente. Finalmente, un auto negro se detuvo frente al edificio y el conductor bajó la ventanilla con tranquilidad.
—¿Señorita Daniela? —ella frunció el ceño y se acercó.
—¿Sí?
—El señor Víctor me pidió que la llevara a casa. Él se está tardando un poco.
Daniela tomó el aire, ya habían sid