Archie permaneció en silencio durante unos segundos.
Sus profundos ojos negros se clavaron en Eleanor, irradiando una frialdad que hizo que el ambiente alrededor de la mesa de centro pareciera encogerse.
—Sí. Fui yo quien la envió —respondió con su habitual tono indiferente, sin el menor intento de negarlo.
Se recostó en el sofá antes de añadir con absoluta calma:
—No me gusta ver a un empleado de mi empresa desmayarse en su cubículo solo porque su gerente ha perdido el juicio. Eso perjudica la