Aquella noche, en la tranquilidad de su habitación, Eleanor permanecía sentada al borde de la cama mientras contemplaba el tenue techo iluminado por la luz de la lámpara.
El rostro frío, serio e impenetrable de Archie no dejaba de aparecer en su mente.
Pero ahora, detrás de la máscara de firmeza del presidente de Richter Company, Eleanor era capaz de ver una herida profunda que jamás había cicatrizado.
No era que Archie odiara la comida.
Lo que había perdido era la confianza en aquello que debí