El silencio que reinaba en la oficina era asfixiante.
Abigail permanecía inmóvil, con la mirada fija en la enorme pantalla donde seguía reproduciéndose con absoluta claridad la grabación de las cámaras de seguridad.
Cada uno de sus movimientos quedaba expuesto sin posibilidad de negarlo: desde el momento en que salió del despacho de la gerente, avanzó hasta el escritorio de Eleanor y sustituyó las páginas del contrato por otras falsificadas.
—S-señor Archie... todo esto... —intentó hablar Abiga