Leandro se tambaleó hasta quedar frente a Diego, intentando agarrarlo, pero sus brazos ya no tenían fuerza.
Las luces brillantes del vestíbulo iluminaban su hermoso rostro, pero sus cejas se fruncían en una expresión de dolor. Sus ojos ahora estaban más oscuros que la noche, y su rostro era muy pálido.
—Te lo pregunto de nuevo, ¿eres tú? ¿Eres tú quien la ha escondido? No finjas sorpresa, ¿acaso no sabías ya toda esta supuesta verdad? ¿De verdad crees que, al regresar a casa, te enamoraste de el