Al llegar a la puerta de la suite, Luna no encontró sus zapatos.
Era extraño, porque claramente los había dejado en la entrada, aunque un poco desordenados, no podía haberlo olvidado.
Abrió la puerta y miró hacia afuera. No había nada; no podía haber dejado sus zapatos afuera, esto era un hotel, no su casa. Sin más remedio, tuvo que regresar descalza al salón.
Leandro ya estaba sentado disfrutando de su desayuno, sosteniendo un vaso de jugo de uva en su mano, sus dedos esbeltos jugueteando con e