Victoria sintió un nudo en el estómago, sabiendo que Luna seguramente quería hablar con ella a solas, por eso había hecho esa sugerencia. No podía rechazarla; al menos era mejor que tener que enfrentarse frente a Diego.
—Está bien, señor Fernández, no se preocupe —respondió rápidamente.
En el interior del Rolls Royce, volvió el silencio. Diego observaba a Luna, empapada, con las largas pestañas salpicadas de gotas de lluvia, lo que la hacía parecer aún más vulnerable.
—Cuando llegues a casa, cám