Yael echó un vistazo por el retrovisor y vio a Leandro con el rostro ceniciento. En ese momento, lamentaba profundamente haber insistido en buscar por el lado de la calle.
La lluvia aumentaba y Luna no llevaba paraguas; con este clima, era fácil enfermarse. Nunca imaginó que el señor Muñoz vería a Luna subirse al coche de otro hombre.
Se dio un fuerte pellizco en el muslo por arrepentimiento; había arruinado todo. No solo no logró acercarlos, sino que la situación se había vuelto aún más complic