Celia observó la figura de Luna alejarse, entrecerrando sus ojos. Esa zorra, ni siquiera se dignó a mirarla, realmente no la consideraba en absoluto. Esa mañana, Luna le había dado dos bofetadas, y todavía le dolían, además de no haberse desinflamado. No se atrevía a quejarse frente a Leandro; debía mantener su imagen de nobleza y gracia.
Una vez que Luna se fue, Celia adoptó una postura elegante y entró en la oficina.
—¿Tienes algo más que decir? —Leandro frunció el ceño.
—Ah, lo siento, Leandr