Clara vio a Rodrigo acercarse, con una cara hermosa y agotada, como si toda su vitalidad hubiera sido absorbida por un espíritu femenino.
—¡Ay, señor Rodríguez, ¿qué te pasó? ¿Estuviste excavando en el sótano anoche? —La señorita bromeó y preguntó.
—Yo... no hablemos de eso. —Rodrigo suspiró frustrado.
¿Cómo podía decirlo?
No podía quejarse de su hermano ante Clara, porque entonces no sería un buen amigo ni pariente de la familia política. No podía dejar caer su estatus.
Clara notó que algo le p