Rodrigo con pasos ligeros, ingresó lentamente a la habitación.
Temeroso de perturbar el dulce sueño de su amada, incluso se quitó los zapatos en la puerta y caminó solo en calcetines.
En la amplia y cómoda cama, el delicado y tierno cuerpo de Noa se acurrucaba bajo las sábanas, dejando al descubierto su pequeña cabeza, con sus oscuros y sueltos mechones negros, como trazos de tinta vivos, difuminándose en el papel blanco puro.
Rodrigo se sentó al borde de la cama, observando con admiración el he