(NARRADO POR KEELEN)
El auricular quemaba contra mi oreja. Escuchar su voz, cargada de esa mezcla de alivio y furia, fue como recibir una descarga eléctrica en un cuerpo que ya no sentía nada de la cintura para abajo. Miré a Artemises, que apretaba los puños al borde de la cama, y luego al abuelo, cuya mirada me advertía que estaba a punto de cometer el error más noble y estúpido de mi vida.
—¿Keelen? —insistió ella, su voz quebrándose—. ¡Dime algo! Llevo días sin dormir. ¿Por qué no contestab