(NARRADO POR KEELEN)
El amanecer en el monte Parnaso no trajo luz, sino un resplandor gris y cruel que hería los ojos. El equipo de rescate avanzaba con una lentitud que me estaba volviendo loco. Cada paso en la nieve virgen, hundiéndome hasta las rodillas, era un recordatorio de las horas que Eira llevaba a la intemperie. El viento seguía aullando, pero ya no con la fuerza de la noche anterior.
—¡Por aquí! —gritó uno de los rescatistas griegos, señalando una columna de humo negro y lánguido qu