(NARRADO POR EIRA)
El laboratorio de cerámica estaba sumergido en una luz dorada y polvorienta que me resultaba extrañamente reconfortante. El roce de los pinceles contra la terracota y el sonido del profesor Nikos pasando las páginas de un catálogo me transportaron, sin previo aviso, a miles de kilómetros de distancia y a unos años atrás.
Por un momento, no estaba en Atenas. Estaba en la pequeña ciudad de Elogsui, en aquel aula donde el aire siempre olía a café y a papel viejo. Cerré los ojos