(NARRADO POR KEELEN)
El cielo sobre el monte Parnaso se había roto justo cuando el SUV encaraba la última curva hacia nuestra cabaña. No fue una lluvia sutil; fue un diluvio griego, una de esas tormentas que parecen enviadas por el mismo Zeus para recordarnos quién manda en estas cimas. Para cuando logré abrir la puerta de madera antigua y entramos a trompicones en la estancia, ambos estábamos empapados hasta los huesos.
Eira se reía, una risa cristalina que se mezclaba con el restallar de los