El pasillo de la facultad de Humanidades olía a papel viejo, café cargado y a la soberbia que flotaba en el aire cada vez que los grupos de estudiantes se reunían a murmurar. Keelen caminaba con su paso habitual: firme, rítmico, con la autoridad de quien conoce los secretos de la historia. Llevaba su maletín de cuero en una mano y una carpeta con los ensayos de la semana en la otra.
Al doblar la esquina que conducía a su oficina, se detuvo en seco al escuchar una voz que conocía demasiado bien.