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—¡Sáquenlo! —ordenó Clarisa, y los guardias lo alejaron mientras él seguía vociferando nombres y secretos al viento.
El eco de sus palabras quedó flotando en la oficina. Rose no se movía. Clarisa la miró con preocupación, con un nudo en la garganta.
—Rose, ¿estás bien?
Ella negó con la cabeza, como tratando de espantar lo que acababa de escuchar.
—No voy a caer en sus juegos —murmuró, más para sí misma que para su amiga—. No otra vez…
Clarisa la sujetó del brazo con suavidad.
—Ven, siéntate. Re