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Rose cruzó las puertas de la villa con pasos medidos pero pesados, como si sus piernas apenas le respondieran. Maximiliano apareció en el recibidor como siempre, impecable y servicial.
—Señora Rose, buenos días. ¿Desea que le prepare algo?
La voz de Maximiliano la sacó abruptamente de sus pensamientos, haciéndola volver a la realidad… aunque no a una más tranquila. En lugar de eso, una oleada de recuerdos se apoderó de ella: el día en que sus pastillas desaparecieron, su búsqueda desesperada… y