Mi Esposo Fingió Morir. Yo No.
Mi Esposo Fingió Morir. Yo No.
Por: Inés Villa
Capítulo 1
Bebí la medicina de una sola vez.

Toda mi vida me habían dicho a quién debía serle fiel y a quién debía amar. Ahora incluso habían decidido mi muerte.

Pero esta última vez quería decidir por mí misma.

Solo deseaba cerrar los ojos y no tener que despertar nunca más.

***

Dos días antes, después de que Alejandro Valcárcel se marchara, me quedé mucho tiempo sentada a la mesa. El frasco con la píldora de la muerte aparente estaba junto a mi mano.

Al tomarla, el pulso y la respiración se detendrían durante seis horas. Una vez cumplido ese plazo, abrirían el ataúd fuera de la capital y me llevarían al sur.

Hasta me había preparado otra identidad: Lucía Duarte, veintitrés años, viuda desde joven y sin padres.

Inés Rojas recogió el vestido de novia que aún no había guardado y rompió a llorar.

—Apenas ayer se lo estaba probando, señorita.

El día anterior, Alejandro me había acomodado la corona de novia y me había dicho que, una vez celebrada la boda, nadie volvería a hablar mal de mí.

Y yo le había creído.

Durante esos dos años, toda la capital había dicho que el príncipe regente soportaba el desprecio de todos por mí y que me consentía en todo.

Solo había algo que nunca había hecho: acostarse conmigo.

Antes creía que era por consideración. Ahora comprendía que siempre había sabido que Gabriel Montenegro seguía vivo. Por supuesto que no iba a acostarse con la esposa de un hombre al servicio del imperio.

Yo solo era una pieza en la farsa que Alejandro había montado para engañar a los espías de Norvia. Ahora que Gabriel regresaba victorioso, la función había terminado y me tocaba salir de escena.

De pronto oí risas fuera del patio.

Beatriz Mendoza entró con varias doncellas, se sentó sin más en mi diván y levantó el vestido de novia.

—Qué fino trabajo con el hilo de oro. Lástima que no tengas la suerte de ponértelo.

Era la consorte secundaria de Alejandro y lo conocía desde hacía años. Desde mi llegada a la residencia, había competido conmigo por todo. Antes, cuando perdía, armaba un escándalo que duraba horas. Aquel día, en cambio, estaba radiante.

—Alejandro ha dicho que estos aposentos serán míos de ahora en adelante.

Alzó una mano.

—Saquen sus cosas, sobre todo ese vestido de novia. Tenerlo aquí me traería mala suerte.

Inés le arrebató el vestido.

—¡El príncipe mandó hacer este vestido para ella!

Beatriz soltó una carcajada.

—La boda se canceló. ¿Para qué quiere conservarlo? Quiten las perlas orientales y el hilo de oro. Me servirán para un vestido de corte.

Dos doncellas se acercaron de inmediato. Yo sujeté el vestido.

—No lo toquen.

Beatriz me miró de reojo.

—¿De verdad creíste que Alejandro iba a casarse contigo? Anoche él mismo me dijo que, después de todo, sigues siendo la esposa de Gabriel. Una cosa era fingir y otra deshonrar de verdad a un hombre infiltrado en territorio enemigo al servicio del imperio.

Se inclinó hacia mí, con una sonrisa cada vez más hiriente.

—Dime, ¿Alejandro se acostó contigo alguna vez en estos dos años?

Se me crisparon las manos.

Durante el primer año había odiado a Alejandro. Dejé de comer, intenté huir e incluso lo herí con una horquilla. Él nunca se enfurecía; solo decía que esperaría.

Más tarde, cuando al fin dejé de rechazarlo y busqué sus brazos por voluntad propia, se limitó a cubrirme con la manta y a susurrarme que teníamos toda la vida por delante.

Yo me había alegrado en secreto de que supiera esperar. Ahora me parecía que no esperaba a que yo estuviera dispuesta, sino a que Gabriel regresara.

Justo entonces se abrió la puerta y entró Alejandro. Beatriz se aferró de inmediato a su brazo.

—Nadie va a usar este vestido de novia. ¿Me lo regala, alteza?

Alejandro apenas lo miró.

—Haz lo que quieras.

Una bordadora sacó unas tijeras y cortó el hilo de oro del vestido. Alejandro había encargado aquella prenda a unas bordadoras del sur, que habían tardado tres meses en terminarla.

El día que trajeron el vestido, Alejandro me preguntó si me gustaba. Yo dije que era feo, pero aquella noche le pedí a Inés que encendiera más velas y pasé un buen rato probándomelo a escondidas.

Lo miré.

—¿No te acostaste conmigo porque Gabriel seguía vivo?

Alejandro guardó silencio un momento.

—Arriesgó la vida al servicio de la corte. No podía arrebatarle de verdad a su esposa.

Beatriz apoyó la cabeza en su hombro y me miró con aire de triunfo. Él no la apartó; solo intentó tranquilizarme con voz suave.

—Catalina, sé que te cuesta aceptarlo de golpe. Pero en estos dos años nunca te faltó nada a mi lado. También me aseguraré de que vivas tranquila en el sur el resto de tu vida.

Tenía razón. Me había cuidado cuando estaba enferma y, cuando una pesadilla me despertaba, me había abrazado hasta el amanecer.

Aunque todo ese cariño hubiera sido falso, yo no lo sabía entonces. Incluso había soñado con ponerme aquel vestido y pasar el resto de mi vida junto a él.

Pero ¿qué había pensado cuando por fin dejé de llamar a Gabriel y lo abracé a él? Seguramente solo se había alegrado de que aquella pieza de su plan se hubiera enamorado al fin y de que la farsa resultara más convincente.

Las tijeras cortaron en dos el bordado de los dos lotos entrelazados.

Beatriz se marchó del brazo de Alejandro. Yo contemplé los hilos de oro esparcidos por el suelo y recordé que apenas el día anterior él aún hablaba de casarse conmigo.

En lugar de la boda que tanto había esperado, él estaba preparando el anuncio de mi muerte.

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