Capítulo 2
Al día siguiente, Gabriel vino a buscarme para llevarme a casa de los Salazar. Traía, como antes, mis pastelitos de azahar favoritos.

—Acaban de salir del horno.

También había comprado un paquete el día que partió a la guerra, tres años atrás.

Soplaba un viento fuerte. Yo había seguido a Gabriel hasta las afueras de la ciudad y no quería dejarlo partir. Al final tuvo que desmontar para consolarme.

Partió el último pastelito en dos, me metió una mitad en la boca y se comió la otra.

—Así lo compartimos.

Con los ojos enrojecidos, le pregunté:

—¿Y la próxima vez?

Me ajustó la capa y me rozó la punta de la nariz con una sonrisa.

—Cuando vuelva te compraré una caja entera para compensarte.

Esperé más de medio año. Lo siguiente que llegó a casa de los Salazar no fueron pastelitos, sino su armadura empapada en sangre.

La sostuve entre mis brazos hasta el amanecer, pasando los dedos una y otra vez por las marcas de las espadas. Mi padre dijo que no habían encontrado sus restos. Mi madre dijo que la frontera era tan hostil que probablemente ni siquiera había quedado un cuerpo entero.

Desde entonces no había vuelto a probar los pastelitos de azahar.

Ahora Gabriel estaba sentado frente a mí. Tenía una cicatriz nueva sobre la ceja y las manos mucho más ásperas que antes. Aquel hombre al que había dado por perdido para siempre aún recordaba que los pastelitos se comían calientes.

Acercó el paquete hacia mí.

—Has sufrido mucho estos tres años.

Bajé la mirada sin responder, y él añadió:

—Mañana, cuando todo esto termine, las cosas volverán a su lugar.

Todo volvería a su lugar: él seguiría siendo el general Montenegro, célebre por sus victorias. Alejandro podría dejar atrás el escándalo de haberle arrebatado la esposa a un hombre al servicio del imperio. Y mis padres podrían librarse de la vergüenza de haber permitido que su hija faltara a sus deberes de esposa.

Todos podrían retomar sus vidas de antes, como si aquella locura nunca hubiera ocurrido.

Yo era la única que ya no podía hacerlo.

El carruaje se detuvo ante la puerta trasera de la residencia Salazar. Mi madre salió con los ojos enrojecidos y me abrazó.

—¿Por qué estás tan delgada? ¿No te cuidaban bien en la residencia del príncipe?

Me acarició la cara y enseguida me bajó más la capucha.

—Entra rápido. Que nadie te vea.

Mi habitación estaba igual que antes de casarme. Junto a la ventana seguían los libros que había leído; sobre el tocador, el peine que usaba de niña.

Mi madre me peinó y mandó preparar mi crema dulce de almendras favorita.

—De pequeña nunca querías levantarte. Tenía que llevarte en brazos al tocador para poder peinarte.

Se le llenaron los ojos de lágrimas mientras hablaba. Al ver en el espejo todo lo que me resultaba tan familiar, yo también sentí ganas de llorar.

Por un instante me pareció que aquellos tres años no habían existido. Gabriel no había muerto en combate y Alejandro no me había llevado consigo. Yo solo era una hija que había sufrido en su matrimonio y regresaba al lado de su madre.

Pero apenas sirvieron la cena, mi padre ordenó que trajeran un ataúd.

Lo dejaron junto a la mesa llena de platos calientes. El olor del barniz ahogó el aroma dulce de la crema de almendras.

—No tenemos mucho tiempo —explicó mi padre—. Primero veamos si es de tu medida. Si hay algo que ajustar, aún podrán hacerlo esta noche.

Mi madre, que un momento antes me preguntaba si la crema estaba dulce, ya sostenía la mortaja contra mi cuerpo.

—Creo que los puños están un poco anchos.

Mi padre los miró.

—Cuando esté acostada no se notará.

Gabriel me ayudó a entrar en el ataúd y me acomodó una almohada blanda bajo la cabeza.

—No tengas miedo. Solo serán seis horas. Cuando se cumplan, yo mismo iré a sacarte del ataúd, fuera de la ciudad.

El ataúd tenía un colchón suave y orificios de ventilación en los costados. Habían previsto hasta el último detalle. Era evidente que habían discutido aquel plan muchas veces.

Al salir del ataúd, golpeé sin querer un cofre que estaba al borde de la mesa. La tapa se abrió al caer y decenas de cartas quedaron esparcidas por el suelo.

Mi madre palideció.

—No las mires.

Pero yo ya había reconocido la letra de Gabriel.

La más antigua estaba fechada seis días después de su "muerte". Decía que había logrado infiltrarse en Norvia y les pedía a mis padres que estuvieran tranquilos.

En todas las cartas posteriores preguntaba por mí. Junto a ellas estaban las copias de las respuestas de mis padres. Al leerlas, supe que mi padre le había contado que me había desmayado tres veces de tanto llorar durante el velorio. Mi madre le había escrito que, después de que Alejandro me llevara consigo, al principio intentaba quitarme la vida todos los días, pero poco a poco había ido resignándome.

Apreté el papel hasta casi clavarme las uñas en las palmas.

—¿Todo este tiempo supieron que estaba vivo?

Mi madre empezó a llorar.

—No podía decírtelo.

—¿Por qué?

—Era un secreto militar —respondió mi padre con severidad—. Si lo sabías, podías delatarnos sin querer.

Miré a los presentes: mi padre, mi madre, Gabriel, el mayordomo y los criados por cuyas manos habían pasado aquellas cartas.

Al parecer, todos ellos podían conocer aquel secreto militar. La única que no podía saberlo era yo, porque tenía que llorar de verdad, odiar de verdad y enamorarme poco a poco de Alejandro ante los ojos de los espías enemigos.

Gabriel dejó el paquete de pastelitos frente a mí.

—No los culpes. Gracias a esto recuperamos doce ciudades y salvamos a decenas de miles de personas. Tu sufrimiento no fue en vano. Además, el príncipe regente ha accedido a dejarte vivir. Ha pensado muy bien en lo que más te conviene.

Hablaba con solemnidad, como si mi resentimiento significara que no me importaba el destino del imperio.

Bajé la vista hacia los pastelitos. Tres años atrás me había dado la mitad de uno y prometido comprarme más al regresar. Había esperado hasta recibir su armadura ensangrentada, hasta que retiraron las telas de luto del altar y hasta que, al fin, me enamoré de otro hombre.

Ahora volvía con la caja entera que me debía. Pero no venía a llevarme a casa, sino a meterme en un ataúd.

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