Mundo ficciónIniciar sesiónEl primer día de luto por mi esposo, al que creía muerto en combate, el príncipe regente irrumpió en la sala del velorio y me besó ante el altar levantado en su memoria. Esa misma noche me llevó por la fuerza a su residencia. Lo odiaba con toda el alma. Intenté matarlo varias veces con una horquilla, pero él nunca se enfureció conmigo. Cuando extrañaba a mi esposo, me permitió instalar un altar en su memoria. Cuando intenté dejarme morir de hambre, él mismo me preparó una papilla de arroz. Y cuando enfermé de gravedad, dejó de asistir a la corte durante siete días y permaneció junto a mi cama. Tras dos años a su lado, finalmente dejé atrás el recuerdo de mi difunto esposo y acepté casarme con él. Pero la víspera de la boda regresó el hombre al que creía muerto en combate. Durante todo ese tiempo había estado infiltrado en el reino enemigo por orden del emperador. El príncipe regente había arrebatado la esposa a uno de sus súbditos y soportado el desprecio de todos con un solo propósito: hacer creer al enemigo que la corte había abandonado a mi esposo. Ahora que aquel reino había caído y mi esposo regresaba victorioso, yo ya no servía de nada. El príncipe regente me entregó una píldora para simular la muerte. —Este remedio detendrá tu respiración durante seis horas. Después del funeral, te enviaré a mis dominios. Le rogué que me permitiera despedirme de mi familia. Mi esposo fue a buscarme y llevó, como antes, los pastelitos de azahar que tanto me gustaban. Mis padres también me abrazaron entre lágrimas y me aseguraron que siempre sería su hija. Creí que al menos alguien sufriría por mi partida. Pero esa noche encontré por accidente un montón de cartas en las que mi esposo les avisaba que estaba a salvo. Aquellas cartas dejaban claro que mis padres sabían desde hacía tiempo que Gabriel seguía vivo. Me habían visto vestir de luto por él y llorar ante su altar hasta el amanecer. También me habían visto traicionar, poco a poco, a aquel esposo "muerto" en la residencia del príncipe regente. Y ninguno me había dicho que seguía vivo. Ahora mi esposo recuperaría su identidad, y mi supuesta muerte les permitiría dar por cerrado el escándalo. Todos podrían empezar de nuevo. Solo yo había odiado de verdad, amado de verdad y sentido una culpa real durante esos tres años. Ya daba igual…
Leer másDiscutieron durante tres días enteros dónde debían enterrarme. Los Salazar querían llevarme al panteón familiar. Gabriel quería que descansara con los Montenegro. Alejandro ordenó que me construyeran un mausoleo aparte.Seguían decidiendo por mí, como siempre, hasta que Inés sacó una hoja vieja.Era una receta de cuando había estado gravemente enferma. En el reverso había unas líneas que yo había escrito sin pensarlo demasiado."Si algún día puedo irme de la capital, quiero encontrar un lugar desde donde se vea el río y plantar unas magnolias. No necesito que nadie me conozca".Por entonces estaba atrapada en la residencia del príncipe y solo había anotado una idea. Nadie imaginó que un día tendrían que recurrir a aquellas líneas para decidir dónde enterrarme.Construyeron mi tumba junto al río, en las afueras de la capital. No descansaría en el panteón de los Salazar ni compartiría sepultura con Gabriel. El mausoleo que Alejandro había planeado nunca comenzó a construirse.En la lápid
Gabriel volvió a la casa donde habíamos vivido. Hacía tres años que no ponía un pie en ella. La magnolia del patio ya sobrepasaba el tejado, pero no había ningún columpio.Al verlo, el viejo mayordomo se arrodilló en la entrada y lloró durante mucho tiempo.—La señora mandaba podar este árbol todos los años. Decía que usted le construiría un columpio debajo cuando regresara.Gabriel pasó toda la noche bajo el árbol sin entrar en la casa.Al día siguiente reunió en el estudio las cartas que yo le había escrito y las guardó en un baúl. La primera estaba fechada siete días después de su partida de la capital. Le contaba que la magnolia había florecido y le recordaba que cumpliera su promesa al volver.Después de que llegara de la frontera la noticia de su muerte, le escribí una última carta. Le conté que mi padre ya no me dejaba vestir de rojo y que mi madre había guardado las cosas de nuestra boda. También le dije que, si de verdad el alma sobrevivía a la muerte, esperaba que viniera a v
Al volver de palacio, Alejandro fue a los aposentos en los que yo había vivido. Estaban vacíos. Se habían llevado mis libros, mis frascos de medicina y mi ropa. Solo quedaba un pequeño montón de ceniza en el brasero.El pajarito estaba tan quemado que ya no se distinguía su forma. Alejandro se agachó y recogió los pedazos de madera uno a uno.Beatriz lo observaba desde la galería.—¿De qué sirve que haga todo esto ahora, alteza?Él no respondió. Con los ojos enrojecidos, ella continuó:—El pajarito era una mentira. El vestido de novia también. Incluso le prometió casarse con ella solo para que dejara de resistirse.Alejandro alzó por fin la mirada.—¿Quién te dijo que no iba a casarme con ella?Beatriz se quedó desconcertada.—Gabriel ya había regresado. ¿Cómo iba usted a…?—Yo sí pensaba casarme con ella.Pero, tras la caída de Norvia, el emperador había ordenado personalmente que Gabriel recuperara su identidad. La corte también quería poner fin al escándalo de que Alejandro viviera
Cuando llevaron mi cuerpo a la residencia Salazar, la puerta principal estaba abierta de par en par. Esta vez mi madre no me ocultó el rostro.Pero mi padre prohibió tocar las campanas de duelo. Dijo que en palacio aún no habían decidido cómo explicar lo ocurrido y que los Salazar no podían anunciar el funeral por su cuenta.Inés se plantó ante la puerta y no dejó que metieran el ataúd.—Cuando la señorita estaba viva, usted tenía miedo de que alguien la viera. Ahora que está muerta, ¿a qué le teme, señor?Mi padre respondió con severidad:—Esto afecta a la corte. No es un asunto privado de nuestra familia.—Entonces, ¿a qué familia le correspondía preocuparse por la señorita?Mi padre se quedó sin respuesta.Yo era la esposa de Gabriel, la pieza con la que Alejandro había engañado a Norvia y la hija a la que los Salazar debían renunciar. Todos se creían con derecho a decidir si me quedaba o me iba, pero nadie estaba dispuesto a aceptarme por completo.Mi madre salió llorando.—Toquen





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