Mariana arqueó una ceja sin voltear la cabeza. Luego, abrió la puerta de manera decidida y se marchó.
Mateo, con su figura alta y erguida, permanecía inmóvil en el centro de la habitación, como un demonio surgido del infierno. En su mente, las palabras de ella resonaban una y otra vez: que tendría hombres, que tendría hijos, pero que el padre de esos hijos definitivamente nunca sería él.
Frunció el ceño con dolor, y de repente dejó escapar una carcajada. Con el rostro sombrío, conteniendo la