Afuera, el sol brillaba con intensidad dorada. Era pleno verano en la capital; los rayos solares quemaban y el aire se sentía pesado y seco.
Dentro del carro, Miranda seguía con el saco de Guillermo cubriéndole la cabeza, sin decir una palabra.
Él no le prestaba atención; estaba ocupado en una llamada con unos socios.
Apenas terminó la llamada de trabajo, entró otra de la casa. Echó un vistazo al identificador, luego una mirada de reojo a su esposa, y activó el altavoz.
—Guillermo, ¿ya recogist