Miranda llevaba un turbante para secar el cabello y el cuerpo apenas cubierto por una toalla de baño. Sin maquillaje, su piel lucía impoluta y translúcida, con un ligero rubor rosado producto del vapor. Sus clavículas, brazos y pantorrillas eran blancos, tersos y esbeltos; una combinación de inocencia y sensualidad.
Caminó descalza hacia él y se le acercó deliberadamente.
—A ver, huéleme. ¿Todavía huelo mal?
No sabía si era una paranoia provocada por el miasma del baño de hombres, pero seguía s