La parca
La miro, apartando un mechón de pelo de su cara. Sus ojos brillan con una luz salvaje, una chispa de desafío y deseo que me recuerda lo cautivadora que es. Mi deseo por ella no hace más que crecer, transformándose en una energía que ruge bajo mi piel como una tormenta en un cielo de verano.
— Eres increíble —digo con voz ronca, sintiendo cómo mi dominación se reaviva, como una llama cuya ardor el viento jamás podría apagar.
Deslizo mis manos por su cuerpo, redescubriendo cada curva, cada pliegue, como si intentara capturar cada instante, cada sensación. Pero lo que siento no es solo satisfacción; es una llamada a la conquista, un deseo de marcar esta pertenencia de una manera más profunda. La idea de nuestra relación me inflama de una forma que no puedo ignorar.
— Otra vez —murmuro, mi voz teñida de esa entonación feroz que hace vibrar el aire a nuestro alrededor.
La agarro por las caderas, levantándola ligeramente del escritorio, sus piernas se enrollan instintivamente alred