Anna
La luz de la mañana se filtra a través de las cortinas entreabiertas, bañando la habitación en un resplandor dorado. Me despierto acurrucada contra Louis, su mano posesiva todavía sobre mi cadera desnuda. Por un instante, me quedo ahí, saboreando este raro momento de calma e intimidad.
Pero la paz no dura.
El teléfono sobre la mesita de noche vibra, rompiendo el silencio. Louis gruñe, pero extiende la mano sin soltarme. Contesta sin mirar la pantalla.
— ¿Sí?
Su voz ronca resuena en la habitación. Lo observo, atenta.
Un silencio, luego se incorpora ligeramente.
— Camille…
Me quedo paralizada. Ese nombre suena en el aire, brutal, desconocido pero ya odiado. Su tono ha cambiado, más suave, más… distante también.
Desvío la mirada, con la garganta apretada. Mi corazón se encoge mientras habla.
— No, no estoy disponible esta mañana… Estoy ocupado.
Su voz se vuelve más fría. Pero el daño ya está hecho. Este Camille se me ha metido bajo la piel como una astilla. ¿Quién es ella? ¿Por qué