Anna
El vestido que me impone es indecente. Un tejido negro, satinado, se desliza sobre mi piel desnuda, resaltando cada curva, cada rastro aún vivo de sus manos. El encaje muerde mi pecho, revelando más de lo que esconde.
— No quiero, Maestro…
Mi voz tiembla. Él sonríe, cruel.
— Quieres. Porque lo ordeno. Estarás a mi brazo esta noche y todos verán lo que me pertenece.
Me agarra por la nuca, me obliga a levantar el mentón. Sus labios rozan los míos, posesivos.
— Nunca olvides a quién pertenece