Anna
El vestido que me impone es indecente. Un tejido negro, satinado, se desliza sobre mi piel desnuda, resaltando cada curva, cada rastro aún vivo de sus manos. El encaje muerde mi pecho, revelando más de lo que esconde.
— No quiero, Maestro…
Mi voz tiembla. Él sonríe, cruel.
— Quieres. Porque lo ordeno. Estarás a mi brazo esta noche y todos verán lo que me pertenece.
Me agarra por la nuca, me obliga a levantar el mentón. Sus labios rozan los míos, posesivos.
— Nunca olvides a quién perteneces, Anna. Incluso cuando sus miradas te desnuden, solo mi marca está sobre ti.
Me estremezco. El miedo y el deseo se entrelazan en mi vientre mientras me empuja fuera de la habitación, hacia este mundo al que no pertenezco.
Louis
Está sublime. Y cada hombre que se cruce en su camino esta noche sabrá que ha sido tomada, consumida, que ya no respira más que por mi voluntad.
La sala de recepción resuena de murmullos a nuestra llegada. Las miradas masculinas se deslizan sobre su carne ofrecida, ávida