Caminé en círculos por la habitación hasta gastarle el brillo al piso. El impulso descomunal de ir a patear la puerta del despacho y cortar con esa escena, ya tenía mis nervios a tope. Me parecía una falta de respeto que Leo permitiera tales acciones en nuestra casa, donde duerme nuestro hijo.
Bufé otra vez, frustrada; si seguía así, me iba a desinflar sola. Por más ganas que tuviera de ir, no podía darme el lujo de crear una escena de celos barata y sabotear mi plan. Respiré hondo. Dicen que co