—¡Leo! Qué gusto verte bien —canturreó la rubia.
Él le ofreció una media sonrisa —¡¿le ofreció una media sonrisa?!— Tensé mis dientes molesta.
—Tú también te ves bien. Vamos a mi despacho—señaló el pasillo con un ademán.
—Con permiso —comentó ella, mirándonos de pasada.
Se fueron casi pegados; el abrigo crema le rozó el brazo. Clavé mis uñas en mis palmas, esa cercanía era insultante, fue muy desagradable.
Sentí el aliento de Lina en el oído.
—¿La conoces?
Negué, incapaz de decir nada.
Lina fru