—¿Oficial...? ¿Me está hablando en serio? —reí, sin una pizca de humor, alzando un poco más la voz, incorporándome ligeramente en el asiento—. ¿Viene hasta mi casa, bajo la lluvia, solo para soltar semejante blasfemia contra mi marido? ¿Mi esposo, un hombre tan respetable, caritativo, un ciudadano ejemplar que lo único que ha hecho es reconstruir lo que quedó de mi vida? ¿Tiene alguna fijación enfermiza con nosotros o simplemente se aburrió de perseguirme a mí y ahora decidió entretenerse señal