Yo seguía frente al caballete, con el pincel entre los dedos, pero no podía pintar nada. El estómago revuelto, la cabeza palpitando, y una fatiga espesa, imposibilitándome respirar calmada. La frase del correo merodeaba sin descanso desde anoche. «¿Estás segura de que escapaste?»
—No comiste casi nada —la voz de Leo me alcanzó desde atrás. No lo había oído entrar.
—No tengo hambre —respondí apenas.
Él se acercó con una taza de té en las manos. Escuché el leve roce de la taza al posarla cerca de