—¿Traes bebidas a la escuela?
—Para tu suerte, sí. —Respondió, arrojando la mochila a su hombro de nuevo—. Devuelve la cantimplora sin un rasguño o juro que te mataré.
Fruncí el ceño ante la amenaza, oliendo de nuevo la bebida, pero pronto me di cuenta de que no debería estar con eso expuesto en medio de la escuela.
—Ya sé que no me hablarás cuando haya otras personas cerca, así que buena suerte con tu sugar daddy. —Fue lo último que dijo, después de darme la espalda y finalmente irse al patio.