Aquella tarde, mientras ella reunía valor para hablarle, la puerta del despacho se abrió de golpe. Una mujer entró como si el espacio le perteneciera. Su andar era seguro, elegante, y su figura impecable resaltaba bajo un traje a la medida que le quedaba perfecto.
El maquillaje que llevaba estaba trabajado con precisión, cada detalle resaltando, y los labios pintados con un rojo intenso que atraía miradas sin permiso.
Korina se quedó quieta, observándola sin evitar sentir un nudo en el estómag