Aquella tarde, mientras ella reunía valor para hablarle, la puerta del despacho se abrió de golpe. Una mujer entró como si el espacio le perteneciera. Su andar era seguro, elegante, y su figura impecable resaltaba bajo un traje a la medida que le quedaba perfecto.
El maquillaje que llevaba estaba trabajado con precisión, cada detalle resaltando, y los labios pintados con un rojo intenso que atraía miradas sin permiso.
Korina se quedó quieta, observándola sin evitar sentir un nudo en el estómago. La intrusa saludó a Don Darío con una sonrisa amplia, como si la complicidad entre ambos existiera desde siempre.
— Darío, querido — Dijo con voz firme y aterciopelada — Espero no llegar en mal momento —
Él se levantó de su asiento, y en lugar de mostrar incomodidad, se inclinó apenas, saludándola con una cercanía que Korina nunca había visto en él.
— Jamás es mal momento para ti — Respondió, estrechándole la mano con calma, aunque su mirada no revelaba mucho más.
Korina apretó sus labios