Don Darío estaba de pie junto a su escritorio, con las manos apoyadas sobre la superficie de madera, mirando hacia el ventanal sin mucho interés en lo que había afuera. Su semblante serio y la incomodidad en sus ojos lo delataban.
Farid, que lo conocía de sobra, rompió el silencio: — Se te notó incómodo con ella, Don Darío —
Él giró apenas la cabeza, suspirando antes de responder: — Farid, de hecho, me dijo que se casaría… pero que lo dejaría si yo aceptaba estar con ella —
El asistente arqueó