Don Darío estaba de pie junto a su escritorio, con las manos apoyadas sobre la superficie de madera, mirando hacia el ventanal sin mucho interés en lo que había afuera. Su semblante serio y la incomodidad en sus ojos lo delataban.
Farid, que lo conocía de sobra, rompió el silencio: — Se te notó incómodo con ella, Don Darío —
Él giró apenas la cabeza, suspirando antes de responder: — Farid, de hecho, me dijo que se casaría… pero que lo dejaría si yo aceptaba estar con ella —
El asistente arqueó las cejas sorprendido — ¡Vaya!, Esa sí que es una decisión fuerte —
Darío presionó la mandíbula, midiendo sus palabras — La quiero, pero no la veo como mi esposa. Y no sé… ella no tiene lo que busco —
Farid bajó la mirada, pensativo — No sé qué decirte, jefe —
— Me invitó a su boda — Añadió Darío, con un dejo de molestia — Será en abril, justo la semana que te pedí que me reservaras. No sé si correr esa fecha o simplemente decir que no. Se verá mal que asista… y peor aún, con ella esperando que