— ¡Mamá, mira! — Gritó Lían, emocionado.
— Sí, hijo… ves qué bonito está — Contestó ella, sonriendo con ternura al verlo tan feliz.
El niño corría de un lado a otro, tocando, probando, abrazando juguetes como si fueran tesoros. Korina, conmovida, no podía apartar la vista de su hijo.
Fue entonces cuando Don Darío se acomodó detrás de ella. La rodeó con sus brazos, pegándola a su pecho, y comenzó a depositar leves besos en su cuello.
— Entonces, te sugiero que vayas organizando la boda — Murm