Don Darío la rodeó con sus brazos, dejándole besos leves en la mejilla, en la frente, en el cuello. Ella lo empujaba, pero él no cedía.
— No te acorralo, mi vida. Eres orgullosa y explosiva —
— No es orgullo, Darío. Lo sabrías si hubieras sentido lo que es ser humillada, y no solo en privado… me expusieron a nivel nacional — Su voz se quebró — No por nada tuve que cambiar el color de mi cabello y pedir que me llamaran por mi primer nombre —
Korina bajó la mirada, incómoda. Sus dedos acariciaron