Mientras Maritza se disponía a salir, él se acercó al escritorio, abrió una gaveta y sacó con cuidado un pequeño estuche. Dentro, la cadena con el As de Corazones. La guardó en el bolsillo de su pantalón.
Al acercarse por detrás de la silla de ruedas, ocultó discretamente la cadena sobre el forro, como si depositara allí una promesa silenciosa.
Al bajar, Don Darío miró con evidente molestia a la señorita Heisel. Su mirada era fría, cortante, como si en ella llevara toda la rabia contenida.
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