Varios espacios de flores sembradas, pasadizos iluminados y pequeñas luciérnagas daban color al jardín. El murmullo del agua de la fuente, junto con la calidez de la noche, transmitía una paz envolvente.
— Mira… este es mi jardín —
— Es hermoso —
— Ven, caminemos un rato. —Entrelazó su mano con la de ella y comenzaron a recorrer los senderos.
Korina admiraba cada rincón con una sonrisa serena — Qué lindo lugar… siempre quise casarme en un sitio así — Dijo, recordando con cierta melancolía cómo alguna vez le había comentado algo parecido a Antony. Al final, con él, solo se habían juntado y nada más.
— Aún puedes casarte en un lugar así —
— Tal vez, pero por ahora no. Tengo otros planes, primero está Lían. Estoy segura de que, si llega el momento, se dará… o simplemente no —
Don Darío se detuvo, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia sí — No, Korina. Puedes hacerlo todo, lo importante es encontrar equilibrio. No te limites… esa es una de las lecciones más grandes —
— ¿Por qué