En el patio gris de la penitenciaría, Antonio esperaba turno para una llamada. Dos internos robustos, conocidos por encargarse de “Mensajes”, se le acercaron.
— ¿Vos sos Antonio, verdad? — Preguntó uno con una sonrisa torcida.
Antonio levantó la mirada, desconfiado — ¿Y si lo soy, qué? —
El otro hombre se inclinó, mirándolo con frialdad — Hay alguien afuera que no quiere que te olvidés… que fuiste vos quien dejó a esa mujer sola con un niño recién nacido. Que nunca fuiste hombre para ella — Le dieron un empujón contra la pared, fuerte y seco.
Antonio intentó defenderse, pero entre ambos lo dominaron rápido. Una rodilla en el estómago lo dejó sin aire y un golpe en la mandíbula lo hizo caer de rodillas.
— Esto es apenas un recordatorio — Dijo el primero mientras lo sujetaba del cuello con dureza — Ella ya no está sola, y vos no volvés a levantarle la voz ni en sueños —
Lo soltaron de golpe y lo dejaron en el suelo, sangrando del labio. Antes de irse, uno susurró en su oído: — Darío ya