— ¿Así que aquí estabas? — Dijo Darío, con voz grave, pero sin enojo.
Ella lo miró y respiró profundo antes de hablar — Necesitaba pensar… Darío. Sentí que todo lo que tengo depende de ti. Que, si un día cambias de opinión, me quedo sin nada. Y no quiero volver a pasar por eso —
Él se acercó despacio, la observó con esa intensidad que siempre imponía, pero al verla tan vulnerable, algo en su expresión se suavizó.
— Korina… — Murmuró, tomando su barbilla con firmeza para que lo mirara a los ojos y entendiendo que se expresó mal la última vez, es claro que sus dudas siguen ahí — Yo no te traje a mi vida para que vivas con miedo. Este spa y el del casino es tuyo, tu nombre está en cada documento. Doña Teresa confió en ti, y yo también lo hago —
Ella apartó la mirada, apretando las manos sobre su falda — Aun así, necesito demostrarme que puedo tener lo mío. Que no soy solo “La esposa de Darío Quined”…—
Su voz tembló, pero enseguida la controló — Que puedo sostenerme, aunque todo se de